"Opium: Diary of a Madwoman", adicción y lujuria en un mundo sombrío
La historia de "Opium: Diary of a Madwoman" (János Szász, 2007) se desarrolla en Hungría, en el año 1913. Ahí, conocemos a Josef Brenner (Ulrich Thomsen), un escritor que trabaja como médico en una clínica psiquiátrica. Ha sufrido durante meses un bloqueo mental a la hora de escribir. Es incapaz de plasmar siquiera una línea en el papel y a causa de ello se ha convertido en adicto a la morfina. Un día, llega a la clínica una nueva paciente, Gizella (Kirsti Stubø), una atractiva y lista mujer de 28 años. Ésta, por el contrario, siempre está escribiendo, es adicta a su diario e incapaz de soltar el lápiz. La joven se encuentra cada vez más abrumada por la obsesión de que el Diablo la ha poseído. Brenner se interesa por Gizella primero como paciente. Pero luego la lujuria lo cambia todo. De pronto son sólo un hombre desnudo y una mujer desnuda que han decidido olvidarse de todo y que confluyen en un punto, su animalidad. Una vez consumado el coito, la realidad comienza a alejarlos, pues sus posiciones en esa sociedad cerrada, que es la misma clínica psiquiátrica, son completamente diferentes. El deseo del médico por la paciente se apaga y luego el bloqueo creativo de él desparece gracias al trabajo de ella, a sus enormes diarios, mientras que él la trata como lo habían hecho anteriormente, aplicándole los viejos métodos medievales. Las actuaciones son de un intenso dramatismo, descarnadas al grado de rozar el hiperrealismo. La delicada y precisa fotografía de Tibor Mathe nos introduce en un mundo sombrío, evocando con close-ups sobre las texturas rugosas de viejas paredes descarapeladas, de la frialdad de las celdas de los pacientes, de la crudeza del coito y de la miseria del espíritu humano, una perturbadora opresión difícil de quitar, un simbolismo difícil de descifrar. Se trata, en suma, de una cinta inquietante, que muestra una vez más la gran distancia que hay entre el cine comercial estadounidense y una obra de autor europea.
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