"Holy Motors", sorprendente experiencia sensorial
La historia de "Holy Motors" (Leos Carax, 2012) es un mero punto de partida: un tipo llamado Oscar (Denis Lavant, actor fetiche de Carax desde sus inicios) trabaja en el interior de una limusina, como el protagonista de "Cosmopolis", la de David Cronenberg. Pero su apocalipsis particular es muy distinto. Adoptando diferentes personalidades, mediante elaborados disfraces, su misión es intervenir en la vida urbana creando situaciones límite, que pongan en duda la realidad circundante. Hasta cierto momento, "Holy Motors" es como una sucesión de sketches dementes, agresivos, que parecen la versión infernal de una película de Jerry Lewis. Es como si Carax estuviera inmiscuido en todo y observara su entorno con un cinismo no exento de sarcasmo, como si quisiera dejar bien claro que su reino ya no es de este mundo. Sin embargo, la película se detiene, el juego se interrumpe, y en un momento dado se produce una escena deslumbrante, seguramente una de las más emotivas del cine del siglo XXI, donde Lavant se reúne con Kylie Minogue en las ruinas de los almacenes "La Samaritaine" (cerca del Pont Neuf, por cierto) e inician un diálogo, a medio camino entre la fantasmagoría y el musical, que podría ser muchas cosas: recuerdos del pasado, una nueva farsa, un autoanálisis del propio Carax... Lo que importa, no obstante, es que este momento privilegiado cambia por completo el significado de la primera parte y lo humaniza, nos sitúa frente a un pobre tipo cuya pasión por la creación se ha visto reducida a un espectáculo sin límites, lo ha convertido en una especie de Sísifo condenado a repetir día tras día sus payasadas. ¿Estamos ante un retrato implacable del mundo contemporáneo, simulacro infinito tras el que se oculta un feroz sufrimiento colectivo? ¿Estamos ante un autorretrato del artista, que asume su condición de entertainer para intelectuales petulantes? Tal vez. Tal vez no. "Holy Motors" acaba desplegando tal cantidad de sugerencias, a veces contradictorias entre sí, que podría ser tanto una broma gigantesca como una confesión desesperada. Sea como fuere, Carax se la juega a cada minuto, camina por la cuerda floja del ridículo sin caer en él, y logra una película bella, desgarrada y agresiva, como cuando llega un soleado amanecer invernal y uno despierta cachondo, solo y sin dinero.
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