"Sandra", cuando el incesto se convierte en amor



Hay una frase en "Sandra" ("Vaghe stelle dell’Orsa…", Luchino Visconti, 1965) que vale la pena recordar: “Sólo es una impresión, ¿sabes? La vida de provincia es igual en todas partes, con sus pasiones desenfrenadas que parecen imposibles cuando estás lejos. Pero que vuelven a aparecer enseguida, en el mismo momento de tu regreso, aunque fuese al cabo de cien años”, le dice Gianni a su cuñado Andrew (Michael Craig) como si fuera una profecía, como si supiera lo que va a volver a ocurrir con el regreso a casa de Sandra, su hermana. Andrew y Sandra se casaron el año anterior y viven en Ginebra, Suiza. Ahora regresan a Volterra, el pueblo natal de ella, en plena Toscana italiana. Vuelven porque Sandra y Gianni han donado a la municipalidad parte del jardín de su palacete familiar para erigir allí un monumento a su padre, muerto por los nazis en el campo de concentración de Auschwitz en 1944. Se trata –aparentemente- de una visita para formalizar la donación y descubrir el busto y la placa que recuerdan a un judío asesinado. Pero ese regreso de Sandra (interpretada por Claudia Cardinale) a su pueblo y a su antigua casa va a ser ante todo un regreso a un pasado que ella pensaba que no iba a poder atraparla y sacudirla de nuevo. Visconti –junto a los coguionistas Suso Cecchi D’Amico y Enrico Medioli- han creado el peor de los infiernos personales para esta joven mujer, el infierno de las cuentas pendientes con su propia vida y con sus actos pretéritos, cuyas penumbras van a alcanzarla para recordarle que hay cosas que nunca caducan, que hay pasiones secretas que jamás se apagan y dolores que no son susceptibles de calmar. Todo empieza por el “Preludio, Coral y Fuga“, del compositor belga Cesar Franck, que Sandra escucha al piano en una recepción que ofrece en su mansión en Ginebra. Su rostro se transfigura al oírla. La seguridad de su nuevo hogar y los kilómetros que la separan de Italia tambalean cuando su memoria empieza a recordar lo que esa melodía significa. Por lo menos una docena de veces utiliza Visconti esta obra musical de Franck en el filme –de manera diegética o no- para simbolizar el aterrador peso del pasado y el influjo que aún tiene sobre su vida. Ese “Preludio, Coral y Fuga“ era parte del repertorio de Corinna, la madre de Sandra, una afamada concertista de piano que ahora está confinada a una casa de reposo para pacientes psiquiátricos. Sandra la visita y ella toca la pieza de Franck al piano como una forma de vengarse de su hija, de recordarle cuánto la culpa por haber afectado su salud mental con sus actos. Y relacionándola con su padre muerto le grita: “¡También tienes sangre judía como él! ¡Eres una viciosa como él! ¡Vicios seguros, prudentes, sucios…! ¡Vicios secretos!”. La sombra del incesto gira por toda la película. Ese es el desencadenante de la crisis mental de la madre de ambos y de la disputa que hay entre el abogado Gilardini y los dos hermanos, pues además de ser el albacea de la fortuna familiar es su padrastro. Sandra lo acusa de haberse aliado con su madre para deshacerse de su padre, él los acusa del escándalo familiar que representó el incesto entre ellos. Para complicar las cosas, Gianni (interpretado por Jean Sorel) está escribiendo un libro, una supuesta obra de ficción inspirado en su infancia y adolescencia, en la que relata detalladamente la relación con su hermana. El texto se titula "Vaghe stelle dell’Orsa", tal como el poema “Los recuerdos”, de Giacomo Leopardi, escrito en 1829 y que dice:


Vagas estrellas de la Osa, nunca
creí volver al hábito de veros
en el jardín paterno relucientes,
y platicaros desde las ventanas
de este casón donde viví muchacho,
y vi el final de toda mi alegría.
¡Cuánta imagen y cuánta fantasía
creó en mi mente un tiempo vuestra vista
y de las luces compañeras vuestras!


Lo que Sandra lee del manuscrito la sorprende y la aterra. Su hermano es un hombre que no conoce límites en su obsesión por ella y este texto va a acabar de hundirlos. Gianni le declara: “Aunque tengas miedo de la soledad y del imprevisto regreso, del recuerdo, del sonido de una voz, de un color. He querido guardar todas estas sensaciones en una fábula. Pero el niño que sabía probar la pasión de un adulto se ha convertido en un adulto, incapaz de encontrar la inocencia de otro tiempo”. Pese a todo, Sandra es incapaz de rechazarlo, de resistirse. La bella Claudia Cardinale interpreta a una mujer incapaz de entender qué debe hacer, sexualmente excitada y sin respuestas claras. El pasado la turba y la seduce, el futuro –representado en su marido norteamericano- la llama, pero ella no sabe qué hacer. ¿Continuará hundiéndose en el abismo endogámico del pasado o cerrará por fin un ciclo vital malsano y se decidirá a mirar hacia el futuro?


Keyra Krueger Voorhees





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