Soy fan del misionero
Sí, soy fan del misionero. Se trata de una posición sexual en la que Carlos, uno de mis profesores de la Universidad, está arriba y yo abajo, lo que hace que el contacto cara a cara sea un factor determinante para garantizar una experiencia que se parece demasiado al amor. Además, la profundidad de la penetración depende por entero del ángulo en el que se mantienen abiertas mis piernas.
Debo aprovechar al máximo la cercanía de su boca para volver a presumirle mi colección de besos. Y me tomo mi tiempo para lamerle/chuparle el lóbulo de las orejas, el cuello...
Que esta posición sea tildada de aburrida o incluso moralista y conservadora, puede estar relacionado con su historia. Durante muchos siglos fue la única aceptada por la Iglesia Católica, para quien el coito no era más que una forma de perpetuar a la especie, para mayor gloria de Dios. De hecho, en 1215, un sacerdote llamado Johannes Teutonicus proclamó que era la única postura natural para mantener relaciones sexuales si no se quería cometer pecado mortal, ya que en su opinión era la más adecuada para la fecundación y la menos erótica.
Con su cuerpo sobre el mío, Carlos guía y controla el ritmo y la velocidad. Sus fuertes empujones harán que ambos alcancemos el orgasmo más rápido que con otras posiciones. Siento que a veces el glande logra alcanzarme el cérvix. ¿Esto sería una garantía de embarazo? La respuesta es no. En realidad, no existe una postura ideal para concebir. El coito vaginal sin ningún método anticonceptivo, sin importar en qué posición se realice, es la único que se debe hacer si una quiere quedar embarazada.
Con la llegada de los europeos a todos los confines del planeta, los misioneros católicos intentaron imponer las pautas de moral católicas, también en la cama, por lo que promovieron que los indígenas abandonaran las "posturas pecadoras" para practicar el metesaca de forma cristiana. Su nombre tradicional era el de "postura angelical".
En cuanto cerramos la puerta de este cuarto de hotel, Carlos me arrancó la ropa y, sin más, me aventó a la cama. Ahí me acomodé bocarriba. O sea, apoyé la cabeza en la almohada, los pezones erizados, las tetas bajando y subiendo por la tensión y el deseo. Separé tanto las piernas que Carlos se hincó entre ellas y todavía sobró mucho espacio. Se atrevió a darme un par de suaves cachetadas y me apretó las tetas. No cesaba de decirme cosas cachondas. Me chuleaba mi silueta, mi cabello, mis manos, mis pies, incluso los pelos de mi coño. Y yo de plano no sabía ni qué contestarle y me limitaba a sonreír como mensa. Empezó a desvestirse. Le ayudé a zafar su cinturón. Su panza peluda bamboleaba de lado a lado. Me quedé unos segundos preguntándome la razón por la cual él se había dejado puestos los calcetines, si yo sería capaz de lavar esos calcetines y mirando la verga. La verga me recordó a una salchicha. Es una buena salchicha. No sé cuántos centímetros tendrá, pero seguro que más de quince. No es una salchicha jumbo, pero tampoco es una salchicha botanera. Carlos se puso un condón y reptó como una gorda boa hacia mis tetas, apoyó sus pezones en mis pezones, me miró intensamente, un lobo a punto de atacar, y se inclinó a recoger con la lengua el lápiz de labios que se me había embarrado en la barbilla, luego continuó hasta encontrar mi boca entreabierta y compartir su lujuria en un beso infinito. Nuestras lenguas se arremolinaron y persiguieron toqueteándose y restregándose una y mil veces. Mientras, mantenía activo el inflado glande sobre mi vulva, subiéndolo y bajándolo, metiéndolo despacio, nomás un cachito, y sacándolo rápido, de inmediato. De repente, yo estaba muy mojada; tanto, que debí verificar con una mano que la humedad que sentía no era orina o mi periodo. ¡Qué grato fue recibir la visita de un dedito de Carlos! Ese dedito era el heraldo que anunciaba la llegada de un forastero más gordo. Mis gemidos desatados no sólo eran un indicativo real de que me gustaba lo que el dedito me hacía sino que además reforzaban la rigidez de la salchicha. Tras conseguir que yo alcanzara diferentes orgasmos y hasta un squirt, Carlos se llevó el dedito a la boca y lo lamió y lo chupó. Sin decir agua va, empezó a embutirme toda la salchicha; ambos disfrutando el momento: él gozando a esa jovencita que sólo en sueños cochinos se imaginaba que se la iba a coger y que ahora se estaba cogiendo de verdad, y yo sin saber con exactitud por qué habían funcionado las artimañas de ese peludo mantecoso, justificando a mi típica estupidez, que no tiene plato aborrecido, mediante un mantra feminista: "Mi cuerpo es mío".
Nuestros jadeos y gemidos retumban en el cuarto. Es maravilloso sentir a un güey encima y dentro de mí. No es casualidad que siempre prefiero coger en esta postura. Es una manera inconsciente de decir "soy humana, mírame, descúbreme, quiéreme, elígeme, caliéntame". Sus huevos me dan golpes poco fuertes pero continuos en las nalgas. Hunde la cara entre mis tetas, lo agarro de la nuca y chupa mis pezones. Esta posición le da más libertad de acción al hombre, de ahí que muchas mujeres se pregunten "¿y yo qué hago?". Y yo lo que hago es levantar las caderas y con las piernas rodearlo por la cintura. Utilizo las manos para estimular a sus huevos y a mi clítoris.
Los religiosos que llegaron a América para cristianizarla se encontraron con indígenas que cogían 'como animales', reproduciendo la vieja y confiable "de a perrito". De ahí también la impronta decorosa, la procreación como objetivo único de toda relación sexual y por qué no, marcar a fuego los roles obligados: el hombre activo y dominante, la mujer pasiva y sumisa. ¿Pasiva y sumisa? Comienzo a apretar su cuerpo con mis piernas, jalándolo hacia mí, sintiendo cómo la salchicha me colma y me moldea.
Coloco las palmas de las manos sobre la cabecera de la cama para empujar y así sentir más adentro las estocadas. A esta postura sexual también se le conoce con otros nombres: "matrimonial", "inglesa americana", "de mamá y papá". ¿Mamá y papá? ¿Qué dirían mamá y papá si ahora vieran a su "niña"?
La Iglesia Católica recomendaba a sus feligreses realizar sólo esta postura debido a que la consideraba más casta y efectiva para procrear. Sin embargo, no fue la encargada de darle el nombre de " postura del misionero". De acuerdo con las clases de Carlos, la primera vez que apareció este término fue en 1948. Específicamente, en el libro "Sexual Behavior in the Human Male", del escritor Alfred Kinsey. Se trató de una nota extraída de un libro de 1929 del antropólogo Bronislaw Malinowski. Sin embargo, fue una mala interpretación, pues éste nunca utilizó tal concepto. Pese a ese error, la expresión ‘postura del misionero’ se popularizó. Durante la década de los 1960 y 1970, la obra de Kinsey fue un éxito de ventas y el concepto se popularizó. Diversos historiadores han señalado que gracias a este antecedente se puede constatar que ni colonizadores o evangelizadores acuñaron el término. Sin embargo, es verdad que durante muchos siglos fue la única aceptada por la Iglesia Católica.
Ambos quedamos abrazados, enchufados, en esta posición, tratando de regresar a la realidad, de recuperarnos de nosotros mismos. Mantengo los ojos cerrados e imagino que estoy abrazando a Paco. No, no es lo mismo. No se siente igual. Extraño a Paco. ¡Te amo, Paco! Te amo... ¡Ay, tengo ganas de llorar...! ¡Oh, no, ahí viene la cruda moral...! Carlos extrae a la salchicha. Ahora es una salchicha tan chiquita que le queda grande el condón. Carlos se levanta, se quita el condón y me sonríe. "¡Qué puta eres!", me dice. "Me encantas". Deja caer el condón sobre mi ombligo y se va al baño. ¡Pinche gordito rompecalzones...! Encuerado pero con calcetines. ¡Está retefeo...! ¡Todo peludo...! ¿Cómo dejé que me cogiera...? Mientras escucho cómo cae el chorro de orina en el agua del retrete, le hago un nudo al condón y me quedo viendo el chingamadral de semen que hay adentro del látex.
Ivonne Mulier Tenebrarum
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