"Blood Feast", una joya de la Serie B



La historia de "Blood Feast" (Herschell Gordon Lewis, 1963) se resume en un par de líneas, como buena pieza de la Serie B: un vendedor de comida egipcia desata una oleada de asesinatos en la periferia de la ciudad de Miami para resucitar el culto de una vieja diosa egipcia llamada Ishtar. Bajo tal premisa nace el mito de Gordon Lewis. Las escenas de violencia concebidas como puntos de impacto donde se exhibe un artificioso sentido del daño físico, como si de una versión hemoglobínica del slapstick se tratase. La muerte es concebida con una perversidad donde el daño moral y el deterioro físico no encuentran límite, ahondando en esa exasperada mutilación de la fisicidad. Tanto en "Blood Feast" como en los posteriores clásicos del director se aboga por mostrar los semblantes más gráficos de la violencia, donde el impacto hacia el espectador se suaviza bajo un tono naif y desprejuiciado, clave en un sentido del humor que, aún en construcción para este primer largometraje, evolucionaría con creces en el siguiente trabajo del director, "2000 maníacos". Aún reincidiendo en lo arquetípico y lineal de la trama, que parece una excusa de Gordon Lewis para concatenar toda una retahíla de asesinatos con objetivo de mostrar su sentido retorcido de la estética sangrienta (donde los planos cerrados y el luminiscente rojo de la sangre ya serían posteriores marcas de la casa), "Blood Feast" tiene para sí un halo continúo de perversidad gracias a su estampa de cine de guerrilla, con una puesta en escena underground que añadirán aún más misticismo a una narración ya clásica de los oscuros efluvios de la Serie B de los años 1960. La obsesión del director por obtener el mayor tono cruento hacia el asesinato, la curiosa teatralidad tanto de su estética como de lo aparatoso de algunas de sus interpretaciones (aquí Gordon Lewis presentaba a su musa, Connie Mason, modelo de Playboy) es algo que impedirá que la película sea tomada totalmente en serio; ahí guardará gran parte de su encanto y relevancia, ya que su mirada caricaturesca hacia una violencia explícita conmutará en mostrar un irónico reverso de la perversión, donde la explosión de sangre se escupirá al espectador en forma de gag con un sentido del humor socarrón y desprejuiciado. A este respecto, sus maneras estéticas originan que el lado más cruento del cine de género de años posteriores se inspirase en estas intenciones, aunque muchos otros cineastas se inculcarían de ello para mostrar en escena el más salvaje instinto humano bajo espectaculares baños de sangre.

Keyra Krueger Voorhees



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